Con piernas de impecable debilidad y una voz de terciopelo granate, con su estrés congelado de soul y con una mirada contagiada de lujo y de un intacto resplandor, con sus manos abiertas y sus cabellos enhiestos, se alza una música con dos tacones. Razones para la belleza y para aquellas pequeñas sensaciones que nos ahuyentan de los extremos virtuales y nos invitan a melodías sin tiempo de por medio. Detalles a cada instante mientras escondemos en los alambres del olvido escenas donde sus ritmos conversan en la esfera donde giramos al unísono. Amy Winehouse es una voz anónima por única, una imagen solitaria por única también, una deformación de la belleza, un ritmo desesperado. Nada convierte. Permanece inmóvil, como miles de objetos, sentada con sus faldas en la mente de cuantos escuchan alguna melodía de nuestra memoria. En su garganta conviven belleza, sensualidad y sufrimiento encadenado. Nadie sabemos si canta desnuda, pero sí que abrimos la boca para tener su voz de cerca. Y su cuerpo conoce entonces la vibración posterior, inevitable al cantar, al interp
retar su lluvia continua. Canta en habitaciones desordenadas, desde algún vértice asimétrico, con su mirada breve, tímida e irreraparable donde esconde un truco sin ases que descifra el porqué de sus pies abandonados a juegos de neón. Amy separa de la vida los párrafos del sabor. Como al morir, si algo espera. Como la vida de su música XXL. Cuando sus brazos hablan, su voz les acompaña y cuando escucho alguno de sus trasportes públicos diarios en el ritmo de su creación, quisiera no llegar a destino, o que el destino no fuera el destino esperado, o que donde esperaba llegar, fuera otro destino de silencio como éste.