27 marzo 2010

EL PRÍNCIPE IDOLATRADO [Miguel Delibes]


MIGUEL DELIBES SETIÉN
 El príncipe había nacido en una familia acomodada, en una ciudad que le prestó gratis, de gorra, su lengua, y casi en un pueblo donde pasaba y paseaba sus primeros veranos. Estudió en dos colegios religiosos y la guerra civil española le enroló en la Marina. Tuvo siete hermanos, siete hijos y una preocupación infantil, feroz y casi obsesiva entonces, por quedarse huérfano. No en vano, su padre contaba con poco más de cincuenta años cuando Miguel, aquel príncipe, nació. Entonces, inicios del siglo veinte, las generaciones vivían menos y sobrevivían con hormas diferentes a las actuales. Nadie podría haber adivinado a Miguel dónde encontrar el mejor camino posible o en qué momento iniciar los pasos que alcanzarían las metas del futuro. Cadenas de guerra que fueron sangre y palabras que serían de mármol, de semilla y aire puro.  


LOS PADRES DE MIGUEL DELIBES Y SUS SIETE HIJOS
Miguel viajó para conquistar aquella, su vida, mientras detrás del Comercio o del Derecho, reposaban dormidas las palabras que adoptarían formas de caricatura. Los periódicos eran versos viudos y la prensa, el poema que los resumía. El príncipe Max había conocido a una mujer de sencilla sonrisa que traducía la vida que un príncipe anhelaba en sus ojos cerrados. Ángeles de Castro transformó los días en equilibrio y su serena belleza de mujer fue para Miguel una sombra alargada y permanente en su devenir. Sensible a la libertad del pensamiento, otrora delito, esquivó con perífrasis y tiros por elevación la censura de un régimen político. No casado con nadie pero matrimoniado ya con aquélla, mantuvo firme entre sus más privadas confesiones, el convencimiento de haber conocido con ella la mejor mitad de sí mismo. Miguel fue su primogénito y Ángeles, el segundo. Quizá las herraduras de la naturaleza o tal vez la educación de una familia unida sobre un mismo eje, ambos desarrollaron su vida profesional por semejantes raíles. No sólo ellos. Germán, su tercer heredero, sería representante de la prehistoria y símbolo de diferenciados modales. Más tarde, Elisa continuaría paladeando las letras y las palabras, convirtiendo la vida de dos príncipes en un viento del sur, con siesta o sin ella. Con Juan, su quinto hijo, no quedarían ya dudas en torno a una inclinación a la biología, la caza y la pesca, confirmada con Adolfo, una sexta parte, por aquel entonces, de la familia Delibes de Castro. Ambos habían sorteado con los avatares de él y la dirección de ella, un camino para escoger otro, para escoger a Camino, su última hija, y cerrar con ella una familia que pareció ser siempre la existencia primera de Miguel Delibes Setién.



FAMILIA DELIBES DE CASTRO
Dueños ya del paladar castellano y su horizonte infinito, Miguel concedió al ambiente rural la raíz donde anidar la esencia de sus palabras cruzadas. Imaginaba los borradores de la literatura entre el periodismo, entre duques de la victoria y décadas donde las ratas del poder se alimentaban de pensamientos ajenos mientras una querida bicicleta filmaba el diario de un cazador, de miles de cazadores apostados en espera de las perdices del domingo. Así que aquellos horizontes de extensos trigales se convertirían en un escenario de entendimiento donde sus gentes calladas, escopeta al hombro, empezaron a vivir al día y encontrar, por fin, alguna respuesta inesperada a sus tiempos de silencio. Mantuvo vivo y con once años siempre a su amigo Daniel, el Mochuelo, conservó intacta la cueva donde vivió el Ratero y esquivó con éxito aparente la sombra de una hoja roja como hiciera el viejo Don Eloy. Miguel Delibes olvidaría sonreír después de 1974 cuando comenzó a creer que la vida estaba bien para vivirla un rato, pero no para aplaudirla. Cortesano y noble, de él un rey dijo ser hombre íntegro y completo, adjetivos convenientes cuando lo humano se convierte en consenso. Desde entonces, su única academia pareció confundirse con el empeño de conformar un fondo gris donde escribir al retrato animado de una señora de rojo bajo la firma legible, nerviosa e impaciente, temblorosa y agitada de un hombre confeso de no querer vivir siempre, protagonista que no impostaba ni relataba versiones de una biografía que no hubiera querido ser memorada aludiendo falta de barbaridades.

CON SU ESPOSA (Berlín, 1960)
Para el hereje, escribir es la aspiración personal de encontrar en el hombre alguna respuesta elemental. Escribir de puño y letra fue deletrear los surcos de sus manos, el sudor del tiempo y la sombra de un cuerpo vencido. Miguel ejerció la profesión vital basándose en siete quicios y un solo eje. A su alrededor miles de escaparates se convertirían en espejos invisibles donde detallar éste o aquél detalle. Su mirada, compasiva, devota y áspera en ocasiones, dejó traducir como dolorosa la sensación ajena de morir exhausto. Marcó las hojas de un almanaque íntimo y guardó bajo llave el as del querer y el deseo por permanecer apostado junto al principal eje de su vida, su esposa María Ángeles. 


CON LOS REYES, EN SU DOMICILIO
El príncipe no fue destronado; el príncipe idolatrado reinó. Y a él, admirado y reconocido por sus Valores Humanos, dos reyes le visitaron, paso a paso, piso a piso, en su morada. Rodeando una fuente dorada e inmovilizada la mirada silente de alguna vecina vallisoletana entre los tiestos de marzo, Miguel, sus hijos y los hijos de sus hijos fueron una línea de puntos suspensivos en búsqueda de un círculo ilustre donde descansar, al fin, para siempre. Ciudadano de Valladolid y de su Campo más Grande, fue un convincente entendedor de los seres desvalidos, débiles, débiles. Escrito en su apellido: Delibes. Había fallecido el hombre ya que el escitor había muerto en una mesa de operaciones, un 21 de mayo de 1998. Han sido más de diez años nulos, perdidos. Con decir que en ese tiempo no cacé una perdiz roja ni escribí una línea profesionalmente está dicho todo. La operación de cáncer me quitó el cáncer, es cierto, pero también otras cosas importantes: memoria, orden mental, capacidad de concentración, hematíes, dioptrías, oído, etc. En suma, en el quirófano entró un hombre inteligente enfermo y salió un lerdo sano.


12 MARZO 2010
Vuelven las calles al lugar donde un día sus aceras le despidieron en posíción de firmes, de silencio y respeto. Vuelve la vida al sonido de lo cotidiano, los cláxones, la infancia, los jóvenes, los ancianos a la vera del sol, los necios cumpliendo compromisos y otros, regalando flores al amor.




PRESENTE

En las calles, observo a personas que caminan con determinación y conversan con ánimo renovado. Apariencia, al menos. En las esquinas, apare...