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| MIGUEL DELIBES SETIÉN |
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| LOS PADRES DE MIGUEL DELIBES Y SUS SIETE HIJOS |
Miguel viajó para conquistar aquella, su vida, mientras detrás del Comercio o del Derecho, reposaban dormidas las palabras que adoptarían formas de caricatura. Los periódicos eran versos viudos y la prensa, el poema que los resumía. El príncipe Max había conocido a una mujer de sencilla sonrisa que traducía la vida que un príncipe anhelaba en sus ojos cerrados. Ángeles de Castro transformó los días en equilibrio y su serena belleza de mujer fue para Miguel una sombra alargada y permanente en su devenir. Sensible a la libertad del pensamiento, otrora delito, esquivó con perífrasis y tiros por elevación la censura de un régimen político. No casado con nadie pero matrimoniado ya con aquélla, mantuvo firme entre sus más privadas confesiones, el convencimiento de haber conocido con ella la mejor mitad de sí mismo. Miguel fue su primogénito y Ángeles, el segundo. Quizá las herraduras de la naturaleza o tal vez la educación de una familia unida sobre un mismo eje, ambos desarrollaron su vida profesional por semejantes raíles. No sólo ellos. Germán, su tercer heredero, sería representante de la prehistoria y símbolo de diferenciados modales. Más tarde, Elisa continuaría paladeando las letras y las palabras, convirtiendo la vida de dos príncipes en un viento del sur, con siesta o sin ella. Con Juan, su quinto hijo, no quedarían ya dudas en torno a una inclinación a la biología, la caza y la pesca, confirmada con Adolfo, una sexta parte, por aquel entonces, de la familia Delibes de Castro. Ambos habían sorteado con los avatares de él y la dirección de ella, un camino para escoger otro, para escoger a Camino, su última hija, y cerrar con ella una familia que pareció ser siempre la existencia primera de Miguel Delibes Setién.
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| FAMILIA DELIBES DE CASTRO |
| CON SU ESPOSA (Berlín, 1960) |
Para el hereje, escribir es la aspiración personal de encontrar en el hombre alguna respuesta elemental. Escribir de puño y letra fue deletrear los surcos de sus manos, el sudor del tiempo y la sombra de un cuerpo vencido. Miguel ejerció la profesión vital basándose en siete quicios y un solo eje. A su alrededor miles de escaparates se convertirían en espejos invisibles donde detallar éste o aquél detalle. Su mirada, compasiva, devota y áspera en ocasiones, dejó traducir como dolorosa la sensación ajena de morir exhausto. Marcó las hojas de un almanaque íntimo y guardó bajo llave el as del querer y el deseo por permanecer apostado junto al principal eje de su vida, su esposa María Ángeles.
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| CON LOS REYES, EN SU DOMICILIO |
El príncipe no fue destronado; el príncipe idolatrado reinó. Y a él, admirado y reconocido por sus Valores Humanos, dos reyes le visitaron, paso a paso, piso a piso, en su morada. Rodeando una fuente dorada e inmovilizada la mirada silente de alguna vecina vallisoletana entre los tiestos de marzo, Miguel, sus hijos y los hijos de sus hijos fueron una línea de puntos suspensivos en búsqueda de un círculo ilustre donde descansar, al fin, para siempre. Ciudadano de Valladolid y de su Campo más Grande, fue un convincente entendedor de los seres desvalidos, débiles, débiles. Escrito en su apellido: Delibes. Había fallecido el hombre ya que el escitor había muerto en una mesa de operaciones, un 21 de mayo de 1998. Han sido más de diez años nulos, perdidos. Con decir que en ese tiempo no cacé una perdiz roja ni escribí una línea profesionalmente está dicho todo. La operación de cáncer me quitó el cáncer, es cierto, pero también otras cosas importantes: memoria, orden mental, capacidad de concentración, hematíes, dioptrías, oído, etc. En suma, en el quirófano entró un hombre inteligente enfermo y salió un lerdo sano.
Vuelven las calles al lugar donde un día sus aceras le despidieron en posíción de firmes, de silencio y respeto. Vuelve la vida al sonido de lo cotidiano, los cláxones, la infancia, los jóvenes, los ancianos a la vera del sol, los necios cumpliendo compromisos y otros, regalando flores al amor.




