22 abril 2010

LA SOMBRA DE SAMARANCH

En la sociedad que adivina detrás de los cristales un ciudadano anónimo, creo detalladamente observar a gentes que, una vez fallecidas, su sombra se proyecta intermitente en el futuro, aunque también le llegue su olvido. Hablo de un hombre del deporte, de la estrategia y el compromiso. Escrito desde un horizonte que desconozco y desde una altura posible. Juan Antonio Samaranch ha muerto el 21 de abril de 2010.

Distinguido y educado, se le conoció por haber ocupado la presidencia del Comité Olímpico Internacional [COI] durante más de dos décadas (1980-2001). Habitualmente no suelo callar cuando quiero hablar. Samaranch, espiritualmente conservador, habituó su imagen a un sinónimo de honradez, pero sobre todo esquivó el protagonismo público que la importancia de su cargo le hubiera proporcionado en innumerables ocasiones. Se dice de él que visitó todos los países del planeta para aminorar el efecto venenoso del boicot del mundo occidental a los Juegos Olímpicos de Moscú en 1980. Consiguió aunar a políticos, muchas veces intolerables, en torno a una promesa de concordia y logró que el olimpismo del Baron de Coubertin fuera ese arma silencioso que, actualmente, parece ignorarse.

Personalmente pude verle en persona en dos ocasiones. La primera de ellas, en los Juegos Olímpicos de Barcelona, durante la final masculina de tenis de mesa. Estuvo sentado entre el público, cerca de los reyes de Suecia y a pocos metros de mi localidad. Pasado el tiempo, ya en 2007, y con motivo de la Copa del Mundo del mismo deporte, un hombre anciano, cansado y sin apenas gesto en su mirada, contempló el partido final y entregó el premio al ganador. Fue entonces cuando, a escasos centímetros, me detuve en la mueca de sus ojos y en la piel blanca, blanca de sus manos temblorosas. Confieso haber sabido ante quien me encontraba y también el porqué de esta admiración. El eje de Barcelona 92 fue Samaranch.

Cuando una persona es capaz de combatir sus propias ideologías y convertir a enemigos en entendimientos, hay que creer en lo que vemos. Hizo olímpico al deportista profesional. (O sea, Pep Guardiola, campeón olímpico). Dos años antes de abandonar la presidencia, tuvo que enfrentarse a la crisis originada en el seno del COI debido a los escándalos de soborno a miembros de su junta directiva; los solucionó con tanta discreción como contundencia. Lección que deberían tener como catón dirigentes políticos de la actualidad, entiéndanse todos los imaginables, para afrontar cismas internos y ajenos. Políticos que buscan el oro y el horror del poder sin mirar a derecha y izquierda. Samaranch esquvó al franquismo afiliándose a Falange. Lo que puede parecer una chaqueta nueva puede que fuera un chaqueta obligatoria. (¡Qué sé yo!).

Utilizó la diplomacia para vincular e hizo de su mano un acuerdo efectivo, progresista incluso, atemporal. Su palabra era un gesto admitido por quien la recibía. La candidatura olímpica de Madrid ha tenido en él una llave para abrir cerrojos y un aval excepcional capaz de desterrar la ridícula rivalidad entre aquélla y Barcelona. Su tránsito entre el deporte y la política es una línea recta infinitamente imposible de alcanzar por personajes que, enloquecidos en el paroxismo del éxito, ondean principios nacionalistas mientras comen, duermen y beben como Joan Laporta. En definitiva, un ejemplo para Rajoy también. Y para George W. Bush, Aznar, Chávez, Putin, Sarkozy y el igualmente desaparecido Kaczynski. Es indiferente la ideología política de una persona si lo trasmitido es concordia, armonía y entendimiento. Creo que si Samaranch hubiera sido zapatero (zeta minúscula), no habría tenido queja de su vecindad.

Hablo de opiniones proyectadas, de la inminente llegada del olvido, del recuerdo entre las rejas del tiempo, de una sombra alargada, tanto como aquella de un ciprés que escribió un contemporáneo suyo, nacido también en 1920 y fallecido igualmente en 2010, como fue el escritor Miguel Delibes.

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