El pasado miércoles, 7 de diciembre de 2011, Rodrigo Sánchez-Alarcos Revilla falleció a causa de un accidente producido en una estación suiza de esquí. Contaba 6 años y vivía con sus padres en Valladolid. No le conocía, pero estas palabras son por él, para sus padres, por quienes le conocieron y lamentamos lo ocurrido.
A Rodrigo,
Pocos días atrás, mientras conducía mi vehículo, pude ver cómo salían decenas de niños de una sala de cine después de una sesión matinal. Pude adivinar algún llanto entre un grito universal de pequeños entrelazando sus manos de dos en dos. Recordé, de inmediato, de qué forma se hubiera dibujado aquella escena para los padres y los familiares, los conocidos y los vecinos, los compañeros y los maestros de Rodrigo. Imágenes sueltas en una sola, imágenes tendidas y extendidas en un mural infinito de imposibillidad. De entre un centenar de niños, de entre miles de posibilidades, habría sido solamente él. Si tuviéramos que poner rostro a la muerte, nadie se atrevería a tentar el de un niño. Tan pronto para todo y tan tarde para escapar de una nieve que escapara, a su vez, del olvido. Desde la lejana posición en que nos sitúa el lamento por un desconocido y desde la cálida imagen de una vida recién hecha, las palabras tienden a mostrar su rostro, a describirlo, a parpadearlo como habrá sido perfilado en la vida de sus padres, en el silencio de sus rincones, en el olor de su habitación, en la tentación de un regreso imposible. Que este mensaje esté vivo depende de que Rodrigo no lo esté, y que estas oraciones tengan un significado depende de que quien las lea sepa, sienta y prometa el valor inmune de una biografía tan breve como arrebatada.