Los seres humanos somos cuanto damos y no tanto lo que recibimos. Queremos para ser queridos y renegamos al ser rechazados porque supone una caducidad a nuestro esfuerzo. Los seres humanos somos amigos cuando sentimos la seguridad de estar, de ser y de poder regresar en cualquier momento. Somos felices cuando estamos a solas con quienes queremos y sobre todo, cuando percibimos que hacemos felices a quienes queremos. En muchas ocasiones no logramos adivinar qué es sentimiento y qué es desinterés, no logramos saber cuándo nos hablan al oído y cuándo por la espalda. Pero de lo que casi nunca dudamos es de cuando un abrazo es verdadero.
Lionel Messi, ya fuera taxista, arquitecto o futbolista, tiene la virtud de ser feliz con sencillez, con una sonrisa cándida y universal, con una entonación seria y con una mirada de lobo estepario. Messi, nuevamente reconocido como mejor futbolista del mundo, posee además, la fortuna de felicitar (es decir, de hacer feliz) a millones de personas que admiran de él aquella extrema sencillez entremezclada con una magia exclusiva para el deporte en general, y para el fútbol muy concretamente. Su carácter y su manifiesta capacidad para admirar a sus semejantes enfatiza su humanidad y su definitiva grandeza. Nadie podría dudar de que el mensaje que dedicó a su compañero Xavi en Zurich al recibir su galardón fuera una verdad emocionante por todo lo que Lionel Messi consigue hacer feliz a los demás, a los que él también admite mantener en su memoria, una verdad emocionante para el FC Barcelona y para las personas que admiramos esa fórmula para ser, para estar, esa forma de ganar y de perder.
