26 enero 2010

BILLETES DE IDA Y VUELTA

Nos llaman por teléfono y nos miran de reojo. Cuidan los escaparates del hogar y se esconden entre ellos. Rugen ante las heridas y claman al desaliento. Si dormimos, prefieren que descansemos. Si nos divertimos, se divierten. Cuando no llegamos a tiempo, ellas llegan tarde. Si en el trabajo nadie nos ayuda, ellas no están cansadas. En su casa y en la calle han crecido desde siempre junto al lazo de la sangre y nada más crítico y más auténtico como la unión que una madre tiene con su descendencia.

Parece como si la sociedad tecnológica hubiera descartado la presencia de los extremos más infinitos del ser humano. La era del acuario nos manipula al unísono en un cuadro imaginario de manchas con direcciones elcctrónicas, pantallas parpadeantes y verbos que esconden alguna verdad sin descubrirnos muchas veces la realidad. Hemos vivido a través de las palabras, de la dicción más que de la escritura, y actualmente nos diferenciamos del hombre del ayer en que somos capaces de mantener una conversación telefónica mientras conducimos nuestro vehículo. También sabemos escribir de rodillas y de puntillas. Reclamamos tiempo para existir y aliento para sobrevivir. Olvidamos los billetes de ida y vuelta, aquéllos con los que pudimos alcanzar las metas del hoy.

La madre simboliza todo aquello que sobrevuela la parte del mundo por inventar y el mundo presente, sea cual sea. Detrás de la vida no existe más respaldo que una agonía silenciosa o un duelo ausente. De lo contrario, nada sería un resultado posible en la ecuación que desciframos cada día. Por eso, si todavía encontramos el valor del sacrificio ajeno en aras de nuestro bien, podemos, puedo describir aun con dificultad, los márgenes que nos limitan en una sociedad donde cabemos todos sin dejar huellas aparentes, sin dejar huella alguna, sin dejar nada tras de sí.

PRESENTE

En las calles, observo a personas que caminan con determinación y conversan con ánimo renovado. Apariencia, al menos. En las esquinas, apare...