Vuelve España a creer. De nuevo, los pensamientos de la afición futbolística española vuelven a estar atentos, de pie y en pie para asegurar con su creencia el camino de su selección de fútbol en un Mundial. España, país donde la ilusión es más duradera que la realidad, tanto medios de comunicación como personajes anónimos apuestan con conciencia ganadora otra vez por una aspiración infinita del deporte. No en vano, alzarse con un título mundial no es baladí. Cuando, por ejemplo, se obtuvo en baloncesto, al derrotar a Grecia, la prensa se cubrió de adjetivos. Y es que la prensa, cualquier medio de comunicación, tiene importante porcentaje de responsabilidad para que públicos avezados y no tan avezados, reciten con la memoria en la mano cada una de las frases destinadas en este caso, a la selección española de fútbol.Desde que el R. Madrid tuvo interés en Jose Mourinho, los profesionales más especializados incluyeron en todos sus titulares la etiqueta de "entrenador ganador". Ya fichado, niños, jóvenes y mayores interrogados sobre el portugués no aciertan a decir en primer lugar otra observación que no sea aquélla, la de ser ganador. Pero en este momento, en 2010 y en vísperas del Mundial de Sudáfrica 2010, España (su selección de fútbol) ha sentado sobre su banquillo a jugadores que amén de su talento, gozan de algo que les diferencia de generaciones anteriores: la opción real de poder competir con garantías ante cualquier rival y la humildad de hacerlo sabiéndose estrellas por una vez, de verdad. España es una almohadilla donde grandes jugadores, entiéndase a Xavi (alma mater), Silva, Iniesta, Piqué, o Casillas, duermen a sus deseos más intensos por alzar una copa nunca antes levantada. Por si fuera poco, su entrenador, Vicente del Bosque, es un obrero doblegado al trabajo, un cinco estrellas a la puerta de un colegio, un caballero con bigote y de bigote, un margen siempre suficiente con independencia de un resultado además de un competidor limpio y falto de arrogancia.
Por esta vez, aquellos medios de comunicación y sus audiencias discordantes recogen las verdades incuestionables de unos futbolistas que se visten siempre de calle para disputar partidos de lujo. España puede, de verdad, ganar un Mundial, pero puede que no y no necesariamente supondría haber hecho un decepcionante campeonato. Solamente uno será campeón y un detalle podría redireccionar a una selección o despedir a otra. Basta de cuentos con finales previsibles porque en Sudáfrica, España cuenta con un elenco de jugadores que evalúan a partes iguales categoría, humildad y espíritu. Por eso sería injusto -y hasta equivocado- lamentar todo aquello que no fuera regresar con la Copa del Mundo.