Gracias por habitar en tus entrañas, por concederme esta vida que no dejó de valorar el inmenso poder de justicia, sensatez y honradez que me legas a cada instante de tu existencia. Aprendí de ti lo mejor que de mí, pueda diferenciarse ante los ojos de los demás. Nada me pertenece. De corazón. Fue nuestro. Tu capacidad de protección, defensa y lucha tejieron un tapiz a lo largo de esta piel que posibilitó discriminar tu presencia, a veces invisible, entre lo ordinario y lo extraordinario. Formas parte de una generación de madres tan desconocidas como ilustres realmente que supieron contrarrestar una terrible desigualdad social a base de entrega, trabajo y valor. Fuiste, como otras tantas de aquella generación, superviviente de la guerra civil española, capaz de sacar adelante a familias enteras y en el caso, de llevarse su casa a hombros. Hombros valerosos en medio de hombres mayoritariamente ignotos del eje que supusisteis para aquella sociedad de invisibilidad hacia tu condición de ser humano y ser mujer.
Recuerdo los pasos de mi infancia compartidos, las manos entrelazadas camino de un futuro repleto de educación y paz. Curaste tantas cicatrices a lo largo de tu extensa vida que siento bruma al diferenciarlas y me siento abrumado por saber que tú fuiste mi madre. La conformidad ante la adversidad significó una variante sólida e inteligente llegados a determinados instantes. Un analgésico para continuar adelante. Recuerdo selladas las noches arrugadas de estrellas, tu excelso sentido del humor en momentos oscuros a través de una enseñanza compartida sobre cómo serían, a partir de entonces, nuestras vidas. No sobrarán días de la mía para confesar este agradecimiento por ser mi madre y este honor por ser tu hijo. Tampoco podré argumentar mayor fortuna. No merecí tanto. El latido de un corazón recorre este cuerpo como lágrima que araña mi rostro al sentir la suavidad de tus manos y la inmensa profundidad de tus ojos al construir tu mirada frente a la mía.
Te quiero desde lo más profundo de mi alma y te querré por justicia ante tanto como vivimos en comunión desde el primer día de un sábado de septiembre hasta el último instante de nuestras vidas, la tuya y esta que se atavía de honor hasta su instante último.
Rosario - Gloria a ti

